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Una nueva generación toma el campo: los estudios de ecodiseño rural que están reescribiendo las reglas de la arquitectura española

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Una nueva generación toma el campo: los estudios de ecodiseño rural que están reescribiendo las reglas de la arquitectura española

Hay algo profundamente significativo en el hecho de que algunos de los arquitectos más interesantes de España en este momento estén trabajando, no en las plantas diáfanas de oficinas de Madrid o Barcelona, sino en cortijos rehabilitados de la Sierra Norte sevillana, en masías semiderruidas del Prepirineo aragonés o en antiguas bodegas reconvertidas en los páramos de Soria. Esta migración no es accidental. Es, en muchos sentidos, el gesto más coherente que puede hacer una generación que creció con la crisis del modelo de desarrollo convencional y que ha decidido, con toda la deliberación del mundo, construir desde otro lugar.

Hablamos de estudios que facturan menos que las grandes firmas urbanas, pero que publican más, que cuestionan más y que, sobre todo, construyen de una manera radicalmente diferente. Profesionales que han encontrado en la finca rural ecodiseñada no solo un nicho de mercado, sino un campo de experimentación ética y estética sin parangón en la arquitectura española contemporánea.

Por qué el campo, y por qué ahora

La pregunta que más se repite cuando se conversa con estos profesionales es, precisamente, la más obvia: ¿por qué el campo? Las respuestas son tan variadas como los proyectos que desarrollan, pero comparten un sustrato común: la convicción de que la arquitectura urbana convencional ha agotado su capacidad transformadora, al menos en los términos en que esta generación entiende la transformación.

«En la ciudad, el margen real de innovación sostenible es estrecho», explica Marta Solé, fundadora del estudio Arrel Arquitectura, con base en Vic y proyectos en toda la Catalunya interior. «Las normativas, los solares mínimos, la presión del mercado inmobiliario... todo empuja hacia soluciones que ya conocemos. En el medio rural, la complejidad es mayor, pero también lo es la libertad.» Solé lleva seis años diseñando viviendas y espacios comunitarios en entornos rurales, empleando exclusivamente materiales de extracción local y técnicas constructivas que recuperan saberes artesanales en riesgo de desaparición.

En el extremo opuesto del país, el colectivo madrileño Tierra Común trabaja desde 2019 en proyectos de rehabilitación de arquitectura vernácula en la Sierra de Gredos. Para su cofundador, el arquitecto Pablo Herranz, la elección del medio rural tiene también una dimensión política explícita: «Construir en el campo hoy es posicionarse. Es decir que el territorio no es solo el soporte de la producción agrícola o la reserva paisajística para el turismo de fin de semana. Es un lugar donde se puede vivir bien, de forma sostenible y con una densidad relacional que la ciudad ha perdido.»

Sierra de Gredos Photo: Sierra de Gredos, via media1.faz.net

Proyectos que son declaraciones

Los trabajos de estos estudios comparten ciertos rasgos formales —el uso de materiales naturales, la integración en el paisaje, la atención a la orientación solar y la ventilación natural— pero lo que verdaderamente los distingue es la coherencia entre el discurso y la obra construida. No se trata de arquitectura sostenible como etiqueta de marketing, sino de una práctica que asume las restricciones de la sostenibilidad real como punto de partida del proceso creativo.

Uno de los proyectos más comentados del último año en los círculos del ecodiseño español es la denominada Casa Encinar, desarrollada por el estudio sevillano Humus Proyectos en una finca de dehesa en el término municipal de Cazalla de la Sierra. El encargo era aparentemente sencillo: rehabilitar una edificación agrícola en desuso para convertirla en vivienda permanente para una familia con voluntad de autosuficiencia. El resultado es una arquitectura que renuncia deliberadamente a cualquier artificio expresivo para concentrar toda su energía en la eficiencia: muros de tapia de 60 centímetros de espesor, cubierta verde con especies autóctonas, sistema de captación solar pasiva que elimina la necesidad de calefacción artificial durante ocho meses al año, y una huerta integrada en la composición volumétrica del conjunto.

Casa Encinar Photo: Casa Encinar, via images.homify.com

«No hay nada decorativo en este proyecto», admite su autora, la arquitecta Inés Ramos. «Cada decisión formal tiene una justificación funcional y ambiental. Eso no significa que el resultado sea feo; significa que la belleza emerge de la coherencia, no de la ornamentación.»

En Navarra, el estudio Basoa Arkitektura está desarrollando lo que podría ser el proyecto más radical de esta nueva hornada: una comunidad de cinco viviendas ecodiseñadas en un valle del Pirineo occidental, concebidas desde el inicio como un ecosistema habitacional compartido, con sistemas de energía y agua comunes, espacios productivos colectivos y una estructura de gobernanza inspirada en los modelos de cohousing nórdicos. El proyecto, que comenzará su construcción en 2025, ha generado ya una lista de espera de familias interesadas procedentes de siete países distintos.

El cliente que también ha cambiado

Esta arquitectura no existiría sin un cliente dispuesto a habitarla. Y uno de los fenómenos más relevantes que estos estudios destacan es la transformación del perfil de quienes les encargan proyectos. Ya no se trata, en la mayoría de los casos, de urbanitas en busca de una segunda residencia con cierto barniz ecológico. Son familias —muchas de ellas con hijos en edad escolar— que han tomado la decisión de relocalizarse de forma permanente en el medio rural, y que buscan en la arquitectura un instrumento para hacer esa transición de la manera más coherente posible.

«Nuestros clientes no quieren una finca bonita», apunta Pablo Herranz. «Quieren una finca que funcione: que produzca parte de lo que consumen, que no dependa de la red eléctrica o que dependa lo menos posible, que esté construida con materiales que no contaminen y que pueda transmitirse a sus hijos sin remordimientos. Eso nos exige a nosotros un nivel de rigor técnico y ético que no tiene nada que ver con lo que te piden cuando diseñas un apartamento en el Ensanche.»

Una ética del lugar

Lo que unifica a todos estos profesionales, más allá de sus diferencias formales y geográficas, es lo que podríamos llamar una ética del lugar: la convicción de que la arquitectura sostenible no puede ser un conjunto de soluciones técnicas importadas y aplicadas con independencia del contexto, sino una respuesta específica a las condiciones climáticas, culturales, materiales y sociales de cada territorio.

Esta ética se traduce en decisiones concretas: trabajar con canteras y aserraderos locales aunque el coste sea mayor; recuperar técnicas constructivas tradicionales aunque requieran más tiempo de aprendizaje; involucrar a los futuros habitantes en el proceso de diseño aunque complique la gestión del proyecto. Son renuncias a la eficiencia a corto plazo en nombre de una coherencia a largo plazo.

«La arquitectura rural sostenible no es un estilo», concluye Marta Solé con una claridad que resume bien el espíritu de esta generación. «Es una forma de entender qué significa habitar un lugar. Y eso, en el contexto actual, es inevitablemente una posición política.»

En EcoDesign Finca seguiremos de cerca la trayectoria de estos estudios y de los proyectos que están dando forma a la nueva arquitectura rural española. Porque en su trabajo no solo se juega el futuro de unas cuantas fincas: se está redefiniendo, ladrillo a ladrillo y adobe a adobe, lo que puede significar vivir en armonía con la naturaleza.

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